sábado, 9 de agosto de 2008
LA MUDANZA… o cómo duele dejar el nido que te cobijó
Llegó el momento de llevar mis cosas de ‘mi casa’ (ahora sólo casa de mis padres) a MI casa (residencia de casado). Todo iba bien, embalando, revisando cosas, encontrando otras que no me acordaba de su existencia y así, entre nostalgias, transcurría el día, hasta que fui a ‘despedirme’ de mi camita, me eché y no pude contener las lágrimas, comencé a hacer un repaso de mis 25 años en esa casa, en ese cuarto.
Me vi de niño corriendo con mis piernitas gordas por el pasillo, escapando de las cucharadas de comida de mi tía Imelda, paseando por el patio en el carrito que papá me compró; luego, más grande, sentado en la sala haciendo las tareas, almorzando, cenando, viendo a mi madre resolver religiosamente su geniograma gigante de El Comercio todos los meses, sentado en la sala viendo tele a 1 metro de distancia o escuchando los ronquidos de mi papá por las noches.
En ese instante entró Fabi al cuarto, me encontró lagrimeando y (con esa ternura que me invita a amarla más) me abrazó, me acomodó en su pecho y simplemente me desahogué por completo, entró mi mamá también al cuarto, al verme llorando se retiró y se puso a llorar sola, fui a verla y nos pusimos a llorar abrazados, puedo decirles que este momento ha sido muy duro, muy triste. Tengo tantas cosas que agradecer a mis viejos, aunque suene a cliché es cierto que los hijos somos el reflejo de los padres, y yo creo ser una buena persona como lo son ellos, es por eso que aprovecho estas líneas para decirles que sin su apoyo ni sus consejos yo no sería ni la mínima parte de lo que ahora soy, que tampoco es la gran cosa (me falta un enorme tramo por recorrer en este valle de lágrimas) pero al menos lucho, intento, apuesto, gano y pierdo, en conclusión VIVO.
Entre las muchas cosas que encontré estaban las cartitas y dibujos de mi ex enamorada con la que estuve poco más de 3 años, canciones y poemas que escribo desde los 15 años, algunos juguetes que creía perdidos, mi libreta de notas de la secundaria, mi reloj del auto fantástico, mis revistas Estadio y Condorito, mis álbumes del diario Onda, cosas que iba enseñándole a Fabi pero que ella creía debía botar, no dejaba de tener razón en cada uno de sus argumentos pero terminó aceptando que soy muy cachivachero y que cada cosa, por más insignificante que parezca, tiene un valor incalculable para mí.
Por la noche llegó la hora de cargar todo al carro de mudanza, así que a puro punche subimos todo y arrivederci casita, gracias por soportar mis buenos y malos ratos, mis olores y sonidos, mis travesuras, mis risas y lágrimas, gracias Raúl y Charo por enseñarme que no es fácil formar un hogar pero que sí es posible si se pone empeño y entrega en cada cosa que uno hace, gracias Roxana por demostrarme que los hermanos pelean pero sobre todo están cuando uno más los necesita (gracias también por darme el sobrino más lindo que existe sobre la tierra), gracias Blanquita y Mota por recibirme siempre meneando la cola y por arrancarme una sonrisa cuando llegaba cansado de trabajar.
Es difícil imaginar que 160 metros cuadrados de ladrillo y cemento puede significar tanto en la vida de una persona cuando se mezclan con amor y un poco de pimienta.
DE REGRESO DE LA LUNA DE MIEL... o como empieza (ahora sí) la vida de casado
Luego de un alucinante viaje a Máncora llegamos a Lima con la firme convicción de empezar una nueva y feliz vida juntos, no será fácil pero haremos el intento. Sé que así siempre suenan los recién casados, todo es ‘sí se puede’, ‘nosotros no seremos como las demás parejas’, etc… pero creo que ahora sí la tengo que hacer, es el proyecto más importante de mi vida y no puedo darme el lujo de fallar a cada rato.
Para empezar perdimos el ómnibus de regreso, llegamos a la agencia de Máncora a las 5:30pm y el bus llegaba 5:45 desde Tumbes, pues bien, fuimos con Fabiola a comprar los respectivos souvenirs para la family y entre una y otras cosa nos demoramos un toque y cuando estábamos a 2 cuadras de la bendita agencia vemos que se iba un bus, nosotros nos miramos y fuimos corriendo a la agencia y resulta que ése era nuestro ómnibus y lo estábamos dejando ir, o mejor dicho, él nos estaba dejando a nosotros. Tomamos un taxi, tratamos de alcanzarlo pero no parecía un bus sino un avión porque, tras 10 minutos de persecución, nunca le dimos alcance.
Fabi se puso mal y yo estaba desesperado, se nos iba nuestro súper y muy cómodo bus, regresamos a la agencia y, tras una obvia y justificada discusión con el dueño, nos ofreció tomar el siguiente ómnibus que pasaba en hora y media. Cuando al fin llegó el nuevo transporte resulta que no era nada de lo que era el otro (el perdido), de nuestra vista panorámica no quedaba nada y tuvimos que sentarnos en la última fila junto al baño, el bus era de un solo piso y no tenía servicio de comida ni de lectura para el viaje, teníamos ganas de bajarnos y tirarnos a la pampa a llorar pero Fabi (con lo bondadosa, tierna y decidida que es) me dijo “no importa Chris, vamos y recemos para que este viaje llegue bien a su destino, no dejemos que esto malogre nuestra hermosa luna de miel”, qué le queda a un esposo que escucha esas palabras de boca de su esposa, pues nada y a seguir adelante, así que hicimos de tripas corazón y después de rezar al Sr. De los Milagros y a la Mamá Huarina, acomodamos nuestros cachivaches que compramos en la frontera con Ecuador y emprendimos el retorno a Lima.
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